Un enmascarado raptó mis sueños a mitad de la noche. No los oí gritar, no los sentí desaparecer.
Miraba las estrellas, y la luna me hechizó, escuchaba el ruido de un mundo que conoce solo desordenes, que sabe solo de desilusiones y que no entiende de razones.
Un cruento dictador arremete contra mis anhelos, los destruye y me deja vacía, me arranca los sesos y me observa mientras muero lentamente, desangrándome en la acera, me observa desnuda y se burla.
No siente más que satisfacción al verme sufrir, al verme destruida, enterrada bajo el peso de la injusticia de una sociedad ciega y egoísta.

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